viernes, enero 30, 2004

Orihuela
Manifiesto con motivo del Día de la Paz

Este es el manifiesto que con motivo de la conmemoración hoy del Día de la Paz y a instancias de la Concejalía de Deportes oriolana se ha leido en los centros docentes del municipio de Orihuela

Orihuela 30 enero 2004.- No siempre es fácil hablar de la paz. De hecho muy a menudo es difícil. Ha sido difícil desde siempre. Desde que el hombre apareció en la tierra, su historia ha estado cargada de batallas luchas y guerras de todo tipo. Hoy mismo, mientras nosotros nos reunimos aquí para celebrar el día de la paz, mientras nos juntamos para celebrar una fiesta en su honor, hay gente luchando y muriendo en guerras que es posible que ni siquiera entiendan. Hombres, mujeres e incluso niños que pierden la vida, en muchas ocasiones sin saber porqué la pierden. Hombres y mujeres como nuestros padres y profesores, como nuestro cartero o el conductor del autobús que cada día nos lleva al colegio, mueren cada día que amanece en lugares del mundo, que nosotros no sabemos ni que existen, por que son alcanzados por balas disparadas por otros hombres que, a veces, no saben muy bien por que las disparan. Niños y niñas como nosotros, de nuestra misma edad, son obligados a luchar, o quedan huérfanos o mutilados por culpa de la guerra. Así de fea es la guerra, así de terrible, así de cruel.
Y lo peor de todo es que parece que nos hemos acostumbrado a ella. Suena fuerte, pero quizás sea cierto. Todos deberíamos preguntarnos , ¿nos hemos acostumbrado a las guerras? ¿nos hemos acostumbrado a contemplar como el dolor forma parte de la vida de otras personas? ¿nos hemos acostumbrado? Deberíamos pensarlo. Vemos guerras cada día por televisión. En cualquier telediario podemos contemplar a personas abatidas en mitad de la calle sumergidas en un horrible charco sangre. De su propia sangre. Lo vemos cada día en la tele. Como si fuera una película. Sólo que en las guerras de los telediarios, al contrario que en las pelis, los muertos son de verdad. La sangre es de verdad, como las lágrimas, y el dolor de los seres humanos que las sufren. Y lo peor es que quizás nos hemos acostumbrado.
Sin embargo, y aunque a veces nos parezca mentira, es posible que haya algún motivo para la esperanza. Y esos motivos para esa esperanza están dentro del corazón de cada uno. Dentro de nuestro propio corazón.
Es cierto, y además muy lógico que tengamos la sensación de que no podemos hacer nada por evitar que seres humanos que viven y mueren muy lejos de nosotros dejen de luchar y matar a sus semejantes. Y sin embargo si podemos hacer algo. Estamos hartos de que nos digan que evitando la violencia siempre, siendo tolerantes y respetando a los compañeros todo irá mejor. Todo eso es cierto. Pero parece tan fácil, que a menudo es complicado. Nos picamos con nuestros mejores amigos, porque son nuestros amigos y a veces chocamos con ellos. Y en ocasiones, es muy complicado respetar a los que sentimos que no nos respetan. En fin, que todo lo que en principio parece fácil hay oportunidades en las que no lo es tanto. Tenemos que estar pendientes de vivir de cierta manera, pero estar siempre pendientes de algunas cosas no es sencillo.
Sin embargo, hay una actividad que a todos nos gusta, una actividad que realizamos muy a menudo, y durante la que nos comportamos como realmente debemos comportarnos para conseguir un mundo más en paz sin apenas darnos cuenta, sin tener que estar pendientes de lo que tenemos que hacer para que la convivencia sea mejor en nuestro entorno primero y, poco a poco, en todos aquellos lugares en los que nos encontremos, tanto nosotros mismos, como aquellos que comparten nuestra manera de soñar un nuevo mundo.
Esa actividad fantástica es el deporte. Mientras realizamos cualquier actividad deportiva estamos, sin darnos cuenta, inmersos en un juego que reúne todas las condiciones que debería reunir nuestro planeta para convertirse en un mundo sin guerras. Existen unas reglas que hay que respetar. Todos estamos de acuerdo en que así son las cosas. La rivalidad y las diferencias se resuelven con el esfuerzo personal y colectivo de cada componente de cada equipo. Sólo el valor individual cuenta. El deporte no tiene en cuenta ni razas, ni ideologías, ni nada que se le parezca. Sólo valen el trabajo, y el respeto por el rival y las reglas de juego. Y al final de la contienda todo lo que queda es la sensación de satisfacción que deja el esfuerzo realizado, la intención de ser mejores cada día y casi siempre el establecimiento de nuevas amistades entre los componentes del equipo que un momento antes fue rival.
Es cierto que puede parecer mentira que alguna vez tengamos un planeta sin guerras. Y puede parecer mentira que el camino que nosotros recorramos en nuestra vida pueda ayudar a conseguir ese mundo fantástico sin luchas de ningún tipo. Lo cierto es que es difícil. Pero también es cierto que como dice el refrán “un grano no hace granero pero ayuda al compañero”. Cada deportista del mundo aunque tenga 4, 5, 6, 8 años o cualquier otra edad es un grano en este inmenso granero que es un mundo en paz para todos los hombres que vivamos en él.

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